Poseerá cualquier cosa que busque.

La historia cuenta que un hombre sufrió su primer gran fracaso en los negocios en 1831. Poco después, buscó ocupar una banca en la legislatura de su estado y fue derrotado en 1832. Intentó, sin éxito, abrir un nuevo negocio en 1833. Y en 1834, conoció a una joven de la que se enamoró, pero murió en 1835 antes de que pudieran casarse. Sufrió una crisis emocional en 1836. Volvió a ser derrotado en las elecciones legislativas en 1843, y nuevamente en 1848. Entonces intentó ganar una banca en el Senado en 1855, y perdió. Al año siguiente se presentó como candidato a vicepresidente de los Estados Unidos, y volvió a perder. En 1859 fue candidato a senador una vez más, pero de nuevo fue derrotado. Y finalmente, en 1860, el hombre que firmaba "A. Lincoln" fue elegido presidente, el decimosexto mandatario de los Estados Unidos. Persiguió su propósito hasta que lo logró.

La historia dice que la razón por la que había ese fuego en su alma, como para seguir adelante, incluso habiendo pasado por tantas derrotas consecutivas, fue por un viaje de negocios que hizo a la ciudad de Nueva Orleans. El joven Lincoln estaba parado en el muelle del puerto de esa localidad cuando vio un barco que descargaba esclavos que eran vendidos en subasta apenas bajaban de la nave. Vio niños que eran arrancados de los brazos de sus madres, separados mediante una boleta de venta como mercancía y propiedad de alguien, sin consideración alguna a su condición de humanos. Al ver aquello, con lágrimas en los ojos, Lincoln prometió que haría lo que fuera para que se acabara con el mal de la esclavitud en los Estados Unidos.

Por eso, con firme decisión y prioridades bien establecidas, buscó una y otra vez conseguir un puesto de influencia y de servicio público, para hacer lo que pudiera por lograr un cambio. Consiguió su objetivo a muy alto precio y les demostró a todos lo que le seguirían que uno puede poseer, y conseguir, lo que sea que se proponga. Una de las muchas lecciones que han aprendido los que estudiaron la vida de Abraham Lincoln es la del poder de las prioridades.

Las páginas de la historia, y también las de la Biblia, están llenas de ilustraciones que nos enseñan este principio. Algunas nos inspiran a seguir adelante mientras otras nos recuerdan que hemos de cuidarnos de lo que deseamos, porque ¡es probable que lo consigamos! Pero sin duda, las prioridades de cada generación han determinado no solo su calidad de vida sino la de quienes les sucedieron. En épocas de incertidumbre, cuando lo que uno pensaba que era firme y seguro comienza a tambalear y a caer, uno renuncia a aquello que no valora y aquello a lo que uno se aferra hará conocer al resto del mundo cuáles son sus verdaderas prioridades en la vida.

 

Es trágico que haya quienes demostraron que sus verdaderas prioridades no son tan desinteresadas como las del presidente Lincoln. La fe, la familia y la patria no describen exactamente lo que buscan muchos en nuestros días. Cuando el mundo empieza a tambalearse económicamente, muchos echan sus familias al viento, en busca del todopoderoso dólar. Cuando la nación enfrenta horas oscuras y necesita líderes dispuestos a tener audacia para asumirla responsabilidad de sus acciones, pareciera que las acusaciones políticas y el "juego de la culpa" se convierten en algo así como un arte, en lugar de que los líderes demuestren que asumen su responsabilidad y tienen la osadía que hace falta para que las cosas cambien de veras.

El problema radica en que cuando las prioridades están mal ordenadas, el precio que pagamos es la "calidad" de vida. Es la forma en que vivimos hoy. A causa de esa búsqueda egoísta, tenemos una tasa de divorcio en la que el cuarenta y uno por ciento de los primeros matrimonios, el sesenta por ciento de las segundas nupcias y el setenta y tres por ciento de los terceros casamientos se disuelven en los tribunales. Debido a nuestra búsqueda codiciosa, hoy tenemos una crisis económica global. Hemos educado a nuestros hijos diciéndoles que la responsabilidad y el trabajo no son para nada tan poderosos como los derechos adquiridos y, con ello, cosechamos lo que sembramos: una generación confundida por la ingratitud y la falta de respeto.

¡Es hora de reconectarnos con nuestro origen! Al reconectarse usted con su origen y vivir según su designio original, estará asumiendo la capacidad de establecer prioridades que le llevarán adonde quiere estar, y -lo más importante- allí donde Dios le ha llamado.

 Extracto tomado del libro Derribado, pero no destruido por Matthew Hagee, publicado por Casa Creación. Usado con permiso.



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